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La era de la reconfiguración gestionada de los regímenes políticos

Por qué Washington respalda a los actores internos y no a los exiliados, y qué significa eso para Irán
Por qué Washington respalda a los actores internos y no a los exiliados, y qué significa eso para Irán
Ahmed Fathi

Por: Ahmed Fathi


Nueva York: Lo que parece caos en la política exterior de Estados Unidos es, en realidad, un cambio estratégico. Washington se está alejando de los cambios de régimen impulsados por líderes opositores en el exilio y avanza hacia algo más silencioso pero más calculado: transiciones controladas conducidas por actores desde dentro del propio sistema.


De Venezuela a Irak y Afganistán, y ahora con Irán, el patrón es evidente. Las figuras simbólicas del exterior pierden peso, mientras que los actores con control institucional ganan terreno.

No se trata de idealismo. Se trata de gestión del riesgo.


Venezuela: una transición gestionada, no una revolución

Tras la salida de Nicolás Maduro, Washington no respaldó a la figura opositora con mayor proyección internacional, María Corina Machado. En cambio, las señales apuntan a una mayor apertura hacia perfiles como Delcy Rodríguez, una dirigente profundamente integrada en la estructura del poder.


Rodríguez representa continuidad, no ruptura. Y precisamente por eso resulta funcional desde una lógica estratégica. Conoce la burocracia, los servicios de seguridad y los equilibrios internos del poder. Ofrece una vía de transición sin provocar el colapso del Estado.


El contraste es claro. Machado encarna la ruptura. Rodríguez encarna la gobernabilidad.

Eso revela la nueva lógica. La prioridad ya no es la pureza democrática, sino la estabilidad con ajustes. Mejor un sistema conocido con un rostro nuevo que un vacío que nadie pueda controlar.


Irak: la lección que sigue persiguiendo a Washington

Irak marcó un antes y un después. Saddam Hussein fue derrocado y, sobre el papel, la misión se cumplió. Pero el resultado fue desastroso.


El desmantelamiento del Estado generó años de caos, violencia sectaria, proliferación de milicias y fragilidad institucional. Muchos líderes opositores que regresaron del exilio fueron percibidos como figuras impuestas desde fuera, sin legitimidad real. La autoridad se fragmentó y la credibilidad se evaporó.


La lección fue dura pero clara: derribar un régimen es fácil. Construir un Estado funcional es mucho más difícil.


Esa herida sigue presente en cada debate serio sobre cambio de régimen en Washington.


Afganistán: el colapso de la legitimidad importada

Afganistán terminó de confirmar esa realidad. Durante dos décadas, Estados Unidos sostuvo un sistema político apoyado en élites exiliadas, financiación externa y legitimidad internacional. Ese modelo sobrevivió únicamente mientras existía respaldo militar extranjero.


Cuando ese respaldo desapareció, el sistema colapsó casi de inmediato. Los talibanes, actores internos del verdadero equilibrio de poder afgano, retomaron el control con sorprendente facilidad.

El mensaje fue inequívoco: el poder que no nace dentro de la sociedad no sobrevive cuando se retira el apoyo externo.


Irán: por qué los líderes del exilio no generan confianza

Irán ocupa hoy el centro de esta nueva lógica estratégica. Las protestas han devuelto visibilidad a Reza Pahlavi, hijo del último Shah. Su figura conecta con sectores de la diáspora y con parte de la juventud frustrada dentro del país. Sin embargo, Washington evita respaldarlo abiertamente.


Y no es casual.


Desde una perspectiva estratégica, los líderes exiliados presentan riesgos evidentes. No controlan el terreno político interno, dependen del apoyo externo y pueden desarrollar una legitimidad propia que luego dificulte cualquier intento de influencia sobre ellos.


En contraste, los actores internos del sistema iraní ofrecen algo mucho más valioso para los estrategas: conocimiento real del funcionamiento del poder. Clérigos pragmáticos, tecnócratas, élites vinculadas a los aparatos de seguridad y figuras políticas de segunda línea comprenden los mecanismos internos, las tensiones y los equilibrios. Y, sobre todo, reducen el riesgo de colapso total del Estado.


Es la misma lógica que empieza a verse en Venezuela y que surge directamente de las lecciones de Irak y Afganistán.


Una nueva doctrina en marcha

Lo que emerge no es el clásico “cambio de régimen”, sino una reconfiguración del régimen.

La lógica es directa:

  • Retirar a la figura principal

  • Preservar las instituciones

  • Promover actores internos que presenten continuidad como reforma

  • Evitar el vacío que conduce al caos


Este enfoque privilegia la estabilidad por encima de la transformación profunda. Sustituye la revolución por una evolución controlada. Puede resultar incómodo desde el punto de vista moral, pero ofrece previsibilidad operativa.


Washington ya no persigue resultados ideales. Persigue resultados manejables.


Qué implica esto para el futuro de Irán

Si esta tendencia continúa, el futuro de Irán probablemente decepcionará a quienes esperan una ruptura revolucionaria total.


El escenario más probable es una transición interna gestionada. El cambio vendría desde dentro del sistema, no desde su derrumbe. Una nueva generación de actores podría modificar gradualmente la gobernanza, ajustar la política exterior y permitir cierta apertura política limitada sin desmontar la estructura central de la República Islámica. Sería más una reforma controlada que una revolución.


Otro escenario plausible es la adaptación autoritaria. El régimen podría sobrevivir reciclando élites, endureciendo la represión cuando sea necesario y ofreciendo concesiones económicas selectivas.


Muchos sistemas autoritarios perduran precisamente porque saben adaptarse sin romperse.

El escenario menos probable es el colapso total provocado por una sacudida externa. La conducta actual de Estados Unidos sugiere que intenta evitar ese desenlace. Un vacío de poder en Irán tendría consecuencias regionales mucho más graves que las vividas en Irak o Afganistán.


Conclusión: la estabilidad ha sustituido al idealismo

De Venezuela a Irak, Afganistán e Irán, la dirección es coherente.


Washington ya no confía en líderes opositores en el exilio para producir resultados estables. Prefiere actores internos capaces de gestionar la continuidad con apariencia de cambio. La prioridad ya no es el ideal democrático. La prioridad es el control.


Esta estrategia puede generar orden a corto plazo, pero conlleva riesgos a largo plazo. Las sociedades no aceptan indefinidamente el reciclaje de las mismas élites. Las transiciones gestionadas suelen aplazar el ajuste político, no resolverlo.


Por eso, el futuro de Irán difícilmente será definido por un líder que regrese del exilio o por figuras impuestas desde fuera. Más bien se decidirá en las luchas internas entre actores del propio sistema que compiten por redefinir la siguiente etapa.


Puede ser un camino menos dramático que una revolución. Pero es mucho más coherente con la lógica estratégica que hoy guía el poder estadounidense.

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