De la sucesión al sistema de supervivencia: cómo la crisis de Venezuela ya era visible desde 2013
- Ahmed Fathi

- hace 5 días
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Por Ahmed Fathi
Nueva York — En abril de 2013, me senté frente a las cámaras de RT Arabic para hablar de Venezuela en un momento de transición confusa: Hugo Chávez había muerto, Nicolás Maduro había ganado por un margen mínimo y el país estaba parado al borde de una gran pregunta llamada “el después del carisma”. No estaba haciendo una profecía, sino una lectura. Hoy, más de una década después, vuelvo a esa entrevista no para exhibir aciertos, sino para someterlos a la prueba del tiempo: lo que entendí bien, lo que subestimé y lo que simplemente no podía preverse.
Dije entonces que una victoria frágil no construye una legitimidad sólida. Eso resultó ser cierto—y con fuerza. La división que en 2013 parecía política terminó convirtiéndose en una fractura existencial: un país con dos versiones, dos legitimidades enfrentadas y una sociedad atrapada entre ambas, sin horizonte claro. La polarización no fue una etapa pasajera; se volvió una forma de gobierno. Lo que creí endeble demostró ser capaz de endurecerse, no de derrumbarse rápidamente.
También acerté al diferenciar entre Chávez y Maduro. Fui claro: Maduro no heredó el carisma de su antecesor ni su vínculo con la calle. Eso no cambió. Pero lo que sí cambió fue el método. Lo que le faltó en persuasión lo compensó con otras herramientas: seguridad, instituciones y tiempo. Ahí apareció mi primera fricción con la realidad. Anticipé debilidad, pero no dimensioné lo suficiente la capacidad de los sistemas para transformar la debilidad en dureza impuesta.
En lo económico, el diagnóstico iba en la dirección correcta. Advertí sobre el deterioro del sector petrolero, la corrupción y una gestión que acumulaba consignas y postergaba reformas. Lo que vino después—colapso financiero, hiperinflación y migración masiva—no fue una sorpresa, sino una consecuencia tardía y dolorosa. El mercado terminó imponiendo su lógica, pero no de la manera ordenada que imaginan los manuales. No hubo una “transición”; hubo una adaptación áspera: economía informal, dolarización de facto y supervivencia política sobre los escombros sociales.
¿Dónde me equivoqué? En el tiempo. En 2013, la pregunta parecía razonable: ¿terminará Maduro su mandato? La realidad enseñó que la pregunta correcta era otra: ¿cuánto puede resistir un sistema cuando decide que sobrevivir es el objetivo en sí mismo? Subestimé el peso de una institución militar que opta por alinearse y no por romper, y la capacidad del sistema internacional—con sus sanciones y contradicciones—para prolongar las crisis más que resolverlas.
Como muchos, también minimicé la velocidad con la que la crisis se internacionalizaría. Lo que empezó como un problema interno de legitimidad se transformó en un campo de disputa geopolítica: sanciones, reconocimientos cruzados, negociaciones intermitentes y, finalmente, episodios de escalada que devolvieron a Venezuela al centro de los titulares de una manera impensable en 2013.
Volver hoy a aquella entrevista no es un ejercicio de autocelebración. Es un recordatorio del rol del periodismo analítico: ver la dirección, no solo los detalles. Acierté en el diagnóstico estructural y fallé en medir la elasticidad de los sistemas bajo presión y su endurecimiento cuando se sienten amenazados.
Venezuela no cayó de golpe. Cayó lentamente, paso a paso, desde aquella primavera de hace más de una década. Y quien escucha con atención lo que se dice al principio suele entender el final—aunque llegue más lejos y sea más duro de lo que esperaba.
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