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Europa recupera su voz ante una presión de Trump que comienza a volverse en su contra

La Europa sin columna

Ahmed Fathi

Por Ahmed Fathi


Nueva York: Durante años, Europa optó por la contención. Frente a las tensiones, los gestos hostiles y las humillaciones públicas procedentes de Washington, eligió preservar el vínculo transatlántico como pilar estratégico. La prioridad fue evitar la ruptura, incluso al costo de soportar incomodidades políticas crecientes.


Pero el episodio de Groenlandia marcó un punto de inflexión.

Cuando Donald Trump comenzó a presionar abiertamente a Dinamarca por las ambiciones estadounidenses de adquirir Groenlandia, las capitales europeas dejaron atrás la cautela excesiva. El tono cambió. El mensaje se volvió más directo. La idea era clara: la soberanía no está sujeta a negociación y las alianzas no se gestionan bajo lógica de imposición.


Este giro no es producto de un incidente aislado. Es la consecuencia de una acumulación de tensiones, desconfianza y deterioro político generados por una presidencia estadounidense que ha tendido a concebir las alianzas más como relaciones transaccionales que como asociaciones estratégicas.


Afganistán y una memoria que sigue abierta

Para comprender la dimensión emocional del distanciamiento europeo, es necesario recordar el precedente de Afganistán.


Tras los atentados del 11 de septiembre, fueron los aliados europeos quienes activaron por primera vez el Artículo 5 de la OTAN, considerando el ataque contra Estados Unidos como un ataque contra todos.


Soldados británicos, franceses, alemanes, daneses, neerlandeses, polacos, canadienses y de otros países combatieron durante años en Afganistán. Más de mil militares aliados perdieron la vida. Miles regresaron heridos. Gobiernos cayeron. Sociedades se dividieron. La decisión de acompañar a Washington tuvo un costo político profundo dentro de Europa.


Por ello, las declaraciones de Trump calificando a los aliados de “aprovechados”, cuestionando el valor de su contribución y reduciendo su sacrificio a un asunto presupuestario fueron percibidas como algo más que un desacuerdo político: fueron entendidas como una ruptura moral.



Una arquitectura transatlántica debilitada

El problema no se limita al tono. Afecta a la estructura misma del sistema atlántico.


Las alianzas militares funcionan sobre la base de la credibilidad. Cuando un presidente estadounidense sugiere públicamente que el compromiso con el Artículo 5 podría ser condicional, el efecto inmediato es la erosión de la disuasión. No es necesario que la OTAN sea derrotada. Basta con que sea percibida como incierta.


Ese mensaje no solo lo recibe Europa. También lo observan Moscú, Pekín y numerosos actores que evalúan el grado de cohesión occidental.


A ello se suma el uso recurrente de instrumentos económicos contra aliados europeos: aranceles bajo el argumento de la “seguridad nacional”, amenazas comerciales, presiones económicas vinculadas al caso Groenlandia. La frontera entre competencia, coerción y alianza se ha vuelto difusa.


Los mercados reaccionan a esta incertidumbre. Las empresas ajustan sus estrategias. La percepción se consolida: Estados Unidos ya no es un socio plenamente predecible, incluso para sus aliados más cercanos.


Hacia una autonomía estratégica más explícita

Como consecuencia, Europa ha comenzado a avanzar con mayor decisión hacia lo que denomina “autonomía estratégica”.


Esto se expresa en varias líneas de acción:

Reducción de la dependencia tecnológica de Estados Unidos

Debate sobre el papel internacional del dólar

Fortalecimiento de capacidades de defensa propias

Reequilibrio de la relación con China

Reafirmación de la soberanía económica y política


No se trata necesariamente de un distanciamiento ideológico de Washington, sino de una adaptación pragmática a un entorno internacional más volátil.


Cálculo interno y efectos globales


Parte del discurso de Trump hacia Europa responde a dinámicas internas estadounidenses. La crítica a los aliados moviliza a sectores del electorado que perciben que su país asume cargas desproporcionadas. Es una narrativa políticamente rentable en el ámbito doméstico.


Sin embargo, sus efectos trascienden el debate interno.


Cada debilitamiento de la relación transatlántica beneficia objetivamente a aquellos actores que buscan un Occidente fragmentado: Rusia, China y otros actores interesados en un orden internacional menos cohesionado.


No se trata de intención, sino de resultado.


Groenlandia como síntoma de un cambio más profundo

La controversia sobre Groenlandia no fue una crisis aislada. Funcionó como catalizador de un proceso más amplio. Reveló el agotamiento de la paciencia europea y marcó un cambio de actitud: ya no se trata solo de gestionar la relación con Washington, sino de establecer límites.


Europa comienza a actuar no solo como aliado, sino como actor estratégico con voz propia.


Un giro con implicaciones históricas

Las grandes potencias rara vez se debilitan por la presión de sus adversarios. Más a menudo comienzan a perder influencia cuando erosionan la confianza de sus aliados.


Al tensionar su relación con Europa, Estados Unidos no está forzando mayor alineamiento. Está incentivando a sus socios históricos a imaginar un escenario en el que el liderazgo estadounidense deja de ser el eje central.


Ese puede ser, a largo plazo, el verdadero cambio estratégico.


Groenlandia probablemente no será recordada como una simple disputa territorial, sino como un momento simbólico: el punto en que Europa empezó a redefinir su lugar en el mundo y la naturaleza de su relación con Washington.

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